La despoblación y el papel de la agricultura

Ni España vacía, ni España vaciada: “España donante”. Quien este término acuña es Marta Corella, alcaldesa de Orea, una localidad montañosa de Guadalajara que colinda con Teruel, situada en la comarca del Alto Tajo, al pie de la sierra del Tremedal, entre la sierra de Albarracín y la serranía de Cuenca. Su censo actual es de 181 habitantes.

Por lo que Corella debe saber bien de lo que está hablando: “No es la España vacía, porque vivimos aún en ella. Vaciada tampoco, porque ese es un proceso que aún no se ha dado. No ha concluido en sí, y a lo mejor nunca ocurre. Nuestra España es donante porque produce y genera alimentos y productos de calidad. Es donante de sostenibilidad medioambiental y donante de talentos que se han mandado a trabajar a la ciudad”.

Estas palabras desvelan parte de la dicotomía actual que atraviesa el fenómeno de la despoblación: por un lado – y la pandemia de la COVID-19 lo ha puesto de manifiesto más que nunca – las ciudades dependen del sector primario, y sobre todo, de la agricultura y de la ganadería. Por el otro, aquellas y aquellos que no se dedican a la agricultura o al sector primario, acaban marchándose a la ciudad, bien a estudiar, bien a buscar trabajo en los otros sectores.

¿Cómo hacer que esta tensión dialéctica converja y no acabe tirando de los extremos hasta que se alejen sin remedio?. ¿Es la agricultura la única solución, no sólo a la supervivencia de las ciudades, sino también al arraigo de las personas a los pueblos?.

Sin duda, el sector agrícola es parte de la solución, y parte primordial, si no mayoritaria. Tal que el sector terciario forma parte indisoluble del carácter cosmopolita. No obstante, en el complejo fenómeno de la despoblación, no caben soluciones únicas, sino más bien visiones  holísticas que cuenten con medidas y políticas integrales para el territorio. Pues, aquellas y aquellos que se queden a arar la tierra, o aquellos urbanitas que quieran trabajar en el sector agro: ¿no desearán disponer de servicios básicos y esenciales y conectividad (de movilidad y virtual) que les hagan disponer de una vida rural satisfactoria?. Aquellos que no desean marcharse, ¿no se quedarían con una perspectiva de bienestar social garantizado?. Más aún, aquellos urbanitas que quieren donar su talento al campo: ¿no lo harían con una mínima garantía de que la apuesta fructificará?.

Queda claro y patente, pues, que la repoblación de las áreas rurales pasa también por la diversificación de sus actividades económicas. Amén de dotarlas de servicios básicos esenciales y de transportes y plena conexión a internet. Esta es la apuesta decidida de la Comisión Europea, que acaba de publicar su visión a largo plazo para las áreas rurales: un documento que marca una hoja de ruta para la Europa rural del 2040 y que propone un gran Pacto Rural – junto a un Plan de Acción Rural – que dote a las áreas rurales de mayor fortaleza, resiliencia, autonomía y conectividad.

Savia nueva

Además de una visión integral sobre el territorio, es indispensable que las nuevas políticas de desarrollo rural y las políticas agroalimentarias vayan dirigidas de manera muy especializada a un público objetivo que casi podría decirse es el público “estrella”: la juventud.  La juventud, rural y urbana, es la que va a heredar la tierra, literalmente. Como también va a heredar el actual modelo de interrelación entre el mundo rural y el urbano;  ¿Puede seguir la ciudad viviendo de espaldas al campo pero consumiendo sus productos?.

Sin los jóvenes, no hay futuro. Y no es una frase hecha: es una obviedad. Por ello, los esfuerzos hacia la juventud han de ser no sólo tanto de políticas que otorguen esperanzas y posibilidades reales a sus elecciones vitales. Ha de ser un esfuerzo cultural y social en el que se les enseñe a amar la tierra, a amar la agricultura, a  amar al pueblo, a amar al medio rural y amar al sector primario. A mirarlo de frente y no consumirlo de espaldas.

Pero se les ha de proporcionar no sólo esperanza, sino también medios y recursos. El compromiso político ha de ser no sólo el de señalar la tierra, sino también sus frutos y sus vías de acceso. Hay que proporcionar el mapa.

Hacia el talento agrario

La política actual, más consciente que nunca de que el relevo generacional se presenta como la única salida de futuro para abordar el fenómeno de la despoblación,  ya ha empezado a idear fórmulas que atraigan y retengan a los jóvenes en el sector primario.

Prueba de ello es la reciente convocatoria por parte del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) del Proyecto Cultiva, un programa que ya comenzó en 2020 con la I edición del “Programa de Visitas a Explotaciones Modelo”.

Además, el MAPA ha incorporado en su web un espacio específico sobre Jóvenes Rurales, en el cual se incluye un apartado donde puede consultarse toda la información relativa al Programa de Estancias Formativas de Jóvenes Agricultores a Explotaciones Modelo.

No sólo hay iniciativas gubernamentales en búsqueda del talento agrario y rural. Están proliferando bastantes proyectos encaminados a potenciar el relevo generacional. Es el caso del Programa Puebla, respaldado por Corteva Agriscience y la Fundación “Alianza por una Agricultura Sostenible” (ALAS) y destinado a apadrinar 6 proyectos empresariales de jóvenes agrarios.

Todos los caminos conducen a la Tierra. Y parece, de momento, que el relevo generacional marca el sendero.